Soñar un nuevo destino

Soñar un nuevo destino

Escrito por Minerva Gebran

Imaginar un destino distinto a la vida que estamos teniendo es uno de los desafíos más grandes de los seres humanos. Cuando todo apunta a repetir aquello que aprendimos,  a lo más probable y lógico que podemos ser, algo en nosotros puede, si lo deseamos intensamente, hacer un giro para crear un destino distinto, una forma aparentemente imposible, una dirección que antes era realmente impensable. Para ello, necesitamos poder soñar en grande, no esos sueños en que en el medio decimos: bueno, mejor lo achico porque es más realista; la idea es soñar lo más expandido posible

Ahora bien, en nuestros tiempos pareciera que soñar es casi un lujo, en algunos casos inútil o hasta demasiado romántico; porque en el fondo nuestra creencia de base puede ser que los sueños no se cumplen, que de nada sirve soñar, que eso que sueño no será posible para mí. Cuánto de lo que nos han in-formado, es decir de cómo nos hemos formado, de lo que escuchamos, de nuestra cultura, de las creencias que nos limitan, ¿Cuánto de ello hace que no podamos soñar, y menos aún soñar en grande? No por nada un devenir lleno de racionalismo nos enseñó a valorar el pensar lógico, comprobable, objetivo, por sobre la ensoñación libre y permisiva, esa donde mora la oportunidad de crear, y que en cierta medida por mucho tiempo se nos ha ido quedando en la sombra. Sea cual sea la creencia de base que nos dificulte o impida soñar,  esta acción (soñar) es mucho más relevante de lo que hasta ahora hemos podido considerar: nos posibilita crear la vida que queremos, por lo tanto soñar es un acto humano fundamental, que crea mundos.

Ahora bien, si logramos situarnos en el espacio de soñar en grande, una pregunta relevante es: Cuando lo hacemos, ¿Soñamos para nuestra vida lo probable o lo posible?

Me detengo a distinguir  lo probable de lo posible. Lo probable es aquello que como consecuencia de lo que vengo siendo, seré; una suerte de paradigma que dice que aquello que me constituye como ser humano determina mi futuro. Por ejemplo,  dado que nací en una familia de comerciantes, lo probable es que me dedique al comercio; dado que toda mi vida he trabajado para una empresa lo más probable es que nunca decida iniciar un emprendimiento, dado que soy más introvertido lo más probable es que no lidere a un equipo de 100 personas. En cambio, lo posible es aquello que yo decido ser, independientemente de aquello que vengo siendo; es decir, lo que me constituye no necesariamente me determina, todo aquello que quiero ser no se ve limitado por lo que he podido ser hasta ahora; por lo que provenir de una familia de comerciantes no me impide ser artista, haber trabajado toda mi vida en una empresa no impide que decida crear mi propia idea de negocios y ser introvertido no limita mis posibilidades de liderar un equipo de 100 personas.

La mayoría de nosotros soñamos lo probable, sin siquiera cuestionar si nuestros sueños están siendo pequeños, limitados, intervenidos por creencias que nos coartan y restringen nuestra forma de pensar, soñar, vivir, amar, ser… Sin embargo, si soñamos lo posible el espectro de posibilidades aumenta considerablemente.

Soñar lo posible es un espacio expansivo y lleno de oportunidades esperando para ser sembrado y florecer, y para acceder a él requiere de nosotros que derribemos ciertas barreras internas, aquellas que nos limitan a descartar aquello que anhelamos en cuanto aparece por considerar que no podría suceder. Entre ellas, algunas comunes pueden ser el creer que somos menos libre de lo que somos, que tenemos menos habilidades de las que tenemos, que el mundo es más duro, difícil o amenazante de lo que efectivamente es. Todos nosotros estamos cercados por numerosas barreras internas imperceptibles, tan transparentes, que a veces no sabemos que existen: Una forma de conseguir observarlas para luego derribarlas, es precisamente soñar.

Primero necesitamos volver a soñar o aprender a soñar y una vez que eso esté instalado, necesitamos soñar en grande lo posible y no solo lo probable.

Si mi vida o algún aspecto de ella transcurre en una cierta dirección y no es lo que me hace sentido, yo podría darle un giro tal que me permita un nuevo destino, un mejor destino, con más abundancia, con sentido, con una mayor parte de mí incluida, que dé más cuenta de quién soy yo y qué quiero para mi vida y mi mundo.

A veces el regalo de enfrentarme a ese giro viene en forma de crisis, lo cual puede ser una tremenda oportunidad para atender un llamado mayor en nuestras vidas, esa voz interior que comienza a clamar por atención y que muchas veces nos muestra que el camino que estamos transitando ya no es suficiente, no nos satisface o no nos permite libertad o plenitud. Cuando comenzamos a notar el eco de ese llamado muchas veces surge como una señal que comenzamos a recibir respecto de que debemos hacer o ser algo distinto a aquello que venimos haciendo o siendo. Ese llamado se manifiesta de diversas formas, como insatisfacción, crisis de sentido, varias personas que en distintos momentos nos muestran algún don o habilidad que tenemos y no hemos puesto en el mundo, algunas conversaciones que comenzamos a tener con nosotros mismos acerca de lo que estamos haciendo, en fin, algo de nosotros comienza a remecerse y requerir un giro, y muchas señales exteriores comienzan a alinearse con aquello para hacérnoslo notar. Lo cierto es que atender ese llamado puede ser uno de los momentos claves para crear y soñar nuevos destinos para nosotros mismos. Destinos más fidedignos a aquello que verdaderamente somos y no solo a aquello que aprendimos como probable para nosotros.

Atender el llamado para que ese sueño en grande comience a hacerse real, requiere sin duda de algunas capacidades internas de nuestro ser, que nos permiten sostener la escucha de ese espacio interior y poder acogerla, abriendo espacio para desafiar las barreras invisibles que para ese entonces ya habremos comenzado a descubrir y cazar, cuestionándonos “¿Y por qué no?”, la que puede ser una primera gran pregunta que nos saque de lo probable para conectarnos con esos recursos.

De estos recursos, sin duda uno de los más relevantes se relaciona con la posibilidad de escuchar algo más allá que lo que pensamos: escuchar nuestra alma, ese espacio en donde sabemos que esa información, esas señales, esa sensación interior es fidedigna, viene desde lo más certero y puro que somos. Para escuchar y atender ese llamado de nuestra alma será necesaria la valentía, que de hecho no carece de miedo sino que lo toma y actúa en presencia de él, yendo hacia donde sea necesario…. A mirar, a reconocer, a aceptar, a declarar, a hacer, a ser.

Este espacio por cierto implica arriesgar, en el sentido que al hacer un movimiento de estos en la vida no podemos esperar que todo esté claro y cierto, por lo que requerimos confiar certeramente que, aunque el vértigo y el vacío serán parte probable del este viaje, el norte que me guía tiene una certeza tal que aunque la mente instale la duda, me anclaré en aquello más grande que nos sostiene, la certeza en lo invisible, aquello que indica que “eso que busca hace que lo busques”, porque probablemente también te esté buscando y esperando.

Estas capacidades requieren de un tremendo coraje para atrevernos a hacer el viraje necesario, en donde el sueño se vuelve nuestra realidad y en donde lo posible es todo aquello que queramos.

Por tanto, ¿A qué te tienes que atrever para permitir que se manifieste el/los nuevo(s) destino(s) que sueñas?